Apertura del Año Santo Vicentino

El lunes, en la misa mayor de las 12, quedó inaugurado para nuestra comunidad el Año Santo Vicentino, convocado por el Sr. Cardenal Arzobispo en torno a la figura de San Vicente; año del que nuestro templo ha sido nombrado templo jubilar. Como signo de este inicio, el P. Juan roció con el agua del asperges pascual a los fieles y a los muros, y entronizó, en el mismo altar lateral del Santo Cáliz una pequeña reliquia de San Vicente, que nos recuerda su presencia física a los pies del Cristo, signo de la real e importante presencia contemplando su rostro resucitado en el cielo.

Podemos ver aquí un álbum de la ceremonia (fotos de Félix Perona García)

Un año santo es una ocasión especial para celebrar y destacar una figura o un aspecto de nuestra fe. El año santo vicentino se celebra con ocasion del sexto centenario del paso de san Vicente a la Casa del Padre.

Como ocasión de especial gracia, los años santos están también dotados de indulgencias, para fomentar la piedad de los fieles.

Recordemos brevemente lo que es la indulgencia:

Ante todo «indulgencia» no es «permiso para pecar», no existe tal permiso, el pecado es siempre una ofensa a Dios, y nadie podría permitir semejante cosa. Tampoco es un «perdón sin necesidad de confesarse».

El pecado tiene dos aspectos: el acto pecaminoso en sí, que es perdonado por completo en la confesión, y la marca que deja en el alma, que es el llamado por los teólogos "reato de pena". Aunque estemos perdonados, nuestra alma no es la de un recién bautizado, llevamos las marcas de la vida y de las caídas. Vamos limpiándo ese reato en la vida por medio de los sufrimientos meritorios, y todo aquello que padecemos asociado a la Pasión de nuestro Señor. Pero aquel reato de pena que no haya sido purificado en vida, deberá ser limpiado en el  purgatorio, ya que no podríamos estar frente a Dios con ninguna clase de mancha ni impureza.

Dado que toda la vida de la Iglesia aquí en este mundo, y en el purgatorio, y en el cielo es una comunión de méritos y virtudes entre todos los creyentes -la «comunión de los santos», de la que hablamos en el Credo-, la Iglesia, dotada por Cristo del «poder de atar y desatar», reparte liberalmente los frutos de esa comunión, los méritos de los que más tienen a los que menos tienen y pueden. Por eso en estas ocasiones de gracia, o en determinadas obras, "aplica" los méritos de los santos al reato del pecado de sus fieles, de tal modo que, para decirlo con sencillez: si nos muriéramos en el momento mismo de ganar la indulgencia, iríamos derecho al cielo, como un bebé recién bautizado.

Las indulgencias pueden ser "plenarias" o "parciales", según la importancia de la obra indulgenciada. El Año Santo está dotado de indulgencia plenaria, es decir que una indulgencia vale un purgatorio, nuestro o aplicado por un difunto. A lo largo del año tenemos ocasión de ganar muchas indulgencias, una por día si queremos.

¿Cómo se gana una indulgencia?

-Realizando la obra indulgenciada, en este caso: visitar el templo jubilar.

-Confesando y comulgando a intención de la indulgencia (en el mismo día o en la primera ocasión posible)

-Rezando por las intenciones del Santo Padre

¡Eso es todo! De hecho, no es necesario confesar una vez por cada indulgencia, sino que el requisito de confesión se cumple para varias indulgencias a la vez con una sola. Por ejemplo, si vamos una semana entera a misa en San Pedro (con intención de ganar la indulgencia jubilar), con confesarnos una vez esa semana, y rezar cada día por las intenciones del Santo Padre ya tendríamos ganadas una indulgencia plenaria por día, por nosotros mismos y por nuestros difuntos, por ejemplo.

Quienes quieran ahondar un poco más en la doctrina católica de las indulgencias pueden leer el Catecismo de la Iglesia Católica, nn 1471-1479 o la fuente doctrinaria actual, que fue la revisión general de las indulgencias que hizo el Papa Pablo VI con su Constitución Apostólica Indulgentiarum Doctrina.