Don Bartolomé

D. Bartolomé González Munera, nacido en septiembre de 1923, fue ordenado sacerdote en la orden carmelina, en 1949, en Huesca. Partió como misionero a Hispanoamérica, y regresó en 1967, para poder cuidar de sus padres, por lo que tuvo que dejar el convento e integrarse en el clero diocesano. A partir de allí fue vicario parroquial de San Pedro Apóstol hasta su retiro en 2015.

Semblanza, por Felix Garrido

Para los que le conocimos, pensamos que su muerte solo le ha alterado tiempos y lugares porque aquí ya no vivía él sino que vivía en el Amado. 
D. Bartolomé como buen carmelita se entregó al Señor siguiendo los caminos que le marcaba Teresa de Jesús y Juan de la Cruz: oración, disponibilidad y acatamiento a la voluntad del Señor. Fruto de esto parte hacia tierra de Misiones, más tarde debe dejar el Carmelo para atender las necesidades de su familia y se entrega al apostolado de almas como Vicario de nuestra Parroquia.
Nos entregó lo mucho que atesoraba y en todo momento y lugar estaba disponible para atender las necesidades de la feligresía, pues el cansancio no figuraba en su agenda. Testigos fueron los adoradores nocturnos, que después de atender los numerosos actos religiosos de un sábado parroquial, acudía en horas nocturnas para celebrar la Eucaristía y orar ante el Santísimo. Eran largas las listas de enfermos y ancianos que atendía semanalmente, llevándoles a sus casas el consuelo, y la Comunión. Ningún necesitado que llamó a su casa se fue desamparado y para todos había pan y ayuda. 
D. Bartolomé: gracias porque lo mucho que nos dio lo encerró en la humildad de su vida. Gracias porque a través de su sabiduría y santidad el Señor bendijo a la parroquia de San Pedro Apóstol. Gracias porque su ejemplo de vida ha sido grano sembrado en buena tierra. 
Que nuestro adiós de agradecimiento sean con las palabras de su maestra Teresa de Jesús: "ya vivo fuera de mi, porque vivo en el Señor, que me quiso pasara sí".

 

Martes, 13 de Noviembre, por Fran Simón

Hoy ha muerto un Santo "de la Puerta de al lado" como nos dice el Papa Francisco.
El que conoció el amor, conoció a Don Bartolomé, el que conoció la caridad, conoció a Don Bartolomé, el que conoció el trabajo conoció a Don Bartolomé, o en el sacrificio, o en la pasión por su fe, o la humildad y el respeto, el que alguna vez vibró con sermón sentido y la palabra amigo, allí encontró a Don Bartolomé. Quien conoció a D. Bartolomé sabe que son ciertas mis palabras.
No sé si soy digno de escribir estas mínimas letras, pero me sale del corazón dedicarle a este gran hombre unos minutos de mi tiempo y lo hago por los muchos que él nos dedicó a todos nosotros, a su Comunidad Parroquial de San Pedro Apóstol, en la salud y en la enfermedad... por su amor a Dios.
D. Bartolomé fue un excelente Vicario de San Pedro, en todo lo referente a su cargo, pero en lo personal era aún más, siempre atento, siempre en segundo plano, siempre constante.
Llegó desde tierras lejanas, donde fue misionero, y en su nueva misión aquí en Paterna, siguió trabajando con la humildad del que ha vivido la experiencia de peregrinar y predicar en tierra ajena.
Hoy nos ha dejado uin sembrador de la fe, un hermano en el camino, un maestro de la vida cristiana. Hoy nos ha dejado el corazón un poco más triste un hijo de Dios que regresa a la casa del Padre que lo espera con los brazos abiertos y una sonrisa plena.

 

Un recuerdo, por Abel Della Costa

Corría el 2013, las facultades de D. Bartolomé -de 90 años- comenzaban a fallar un poco más aceleradamente: olvidaba esta o aquella frase de la misa, en la vespertina del domingo, que era la que desde hacía mucho tiempo celebraba. Se daba cuenta de que algo faltaba, pero él seguía adelante, y todos nosotros hacíamos que no nos enterábamos. 

Un domingo terminó de consagrar el pan, pero pasó por sobre la consagración del vino... ninguno de los que estábamos allí sabíamos qué hacer, incluso la pregunta obvia e inmediata para todos era "¿habrá realmente consagración en un caso así?". Por mi parte, me senataba en los bancos de la capilla, el segundo o tercero, así que estaba cerca. No lo pensé mucho, subí al altar, y le dije lo más despacio que pude que no había terminado de consagrar. Él no se enfadó, aunque no pareció comprender del todo. Me acerqué al altar, busqué en el misal las páginas de la consagración y le dije, con un tono casi imperativo: "tiene que leer esto". Me hizo caso, con mucha humildad: consagró el vino, y la misa continuó sin más contratiempos hasta el final.

Pero no era algo anecdótico como para que quedara entre nosotros, era una omisión importante y debía comunicársele el párroco. Así lo hicimos algunos. Como yo era feligrés habitual de esa misa, me ofrecí a acompañar en el altar a D. Bartolomé y a estar atento a su lectura del misal. Él lo aceptó. Solo sabía de mí mi nombre y que era un feligrés, no me conocía de nada más que de verme en misa o por la parroquia, pero a partir de allí siempre me dedicó una sonrisa agradecida. Cada misa que terminaba íbamos en silencio a la sacristía, y este era nuestro diálogo:

D. Bartolomé: Una misa más.

Yo: Así es D. Bartolomé, y la ha celebrado sin problemas.

D. Bartolomé: Hasta que Dios quiera. Gracias.

Ese "hasta que Dios quiera" me ha quedado grabado. Y también la sonrisa hacia mí, que me la ha vuelto a dar cuando fui a verlo, mucho después, a la residencia, y no esperaba de ninguna manera que me reconociera. Se sentía en la manos de Dios, y lo sabía transmitir.

 

«In memeriam», por Alejandro llabata Lleonart, publicado en su blog

 

Album de fotos - In memoriam