Confidencias sobre la Virgen

Señor: la fe me hace ver lo que mis sentidos me niegan. Creo que has resucitado, que estás vivo y que permanecerás con nosotros hasta el final de los tiempos. Creer en ti no me impide pensar que tu doctrina es difícil de entender porque Tú hablas con palabras de vida eterna a una criatura de inteligencia limitada. Aquellos que te vieron resucitado y comiendo pescado en la misma mesa, ya dudaron y les tuviste que decir “me habéis visto y no creéis”.

Que el Hijo de Dios se haga hombre y que entregue su vida para salvar a quien le había ofendido. Que me digas que Dios es mi padre y que María sea mi madre, son verdades que no entiendo pero las creo porque tu palabra es verdad y porque el Espíritu Santo me las enseña.

A María, la Virgen, se le pidió una respuesta ante un hecho inexplicable: ser la Madre de Dios. Como ser humano, tuvo que preguntar al Ángel que cómo podía serlo siendo una mujer aldeana, sin ascendencia, sin preparación especial para acunar, cuidar, educar y convivir con el Hijo de Dios. No lo entendió pero lo creyó.

No entendía que una virgen concibiera y diera luz al Mesías y permaneciera virgen. Tampoco le fue fácil creer en las palabras del Enviado de Dios: “El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso, lo que nazca de ti será santo y será llamado Hijo de Dios”. No lo entendió pero lo creyó.

Pienso, Madre, que la Corte Celestial estuvo pendiente de tu respuesta porque de ella dependía la salvación del género humano. La acción del Espíritu Santo te iluminó para ver en el anuncio del Ángel la voluntad de Dios, y que con tu “Hágase en mí según tu palabra” cielo y tierra te reconocerá como la madre de Dios.

 “Porque ha mirado la humillación de su esclava. Desde ahora me felicitarán todas las generaciones, porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí”. Tu fe hizo que desaparecieran tus imposibles y me enseñaras a creer y confiar en el Dios que “todo lo hace posible”.

Por la fe pudiste afrontar las dificultades que se presentaron a lo largo de tu vida, superando las pruebas a las que fuiste sometida. Tu fe te llevó a no preguntar al Padre por qué permitió que su hijo naciera en un establo; que huyeras a Egipto, y que muriera clavado en una cruz. Esa fe por la que no fuiste al sepulcro porque sabías que Jesús había resucitado. Los años que compartiste amores y confidencias con tu Hijo te enseñaron cual era la voluntad del Padre y para qué había venido al mundo. Ella “guardaba todas estas cosas y las meditaba en su corazón”.

Alabado sea el Santísimo Sacramento del Altar

Señor: que la Virgen María sea mi madre es una gracia que me concediste desde la cruz. Quisiera responderte como Juan: “Y desde aquella hora la acogió en su casa” Deseo que mi acogida sea poder ir de tu mano todos los días de mi vida y como hijo agradecido cantarte: “Salve, Regina del cel i la terra; Salve, Verge dels Desamparats; Salve, sempre adorada Patrona; Salve, Mare del bons valencians”.

Sea por siempre bendito y alabado