Señor: la iglesia me recuerda que estamos viviendo un tiempo de espera, pero de una espera-esperanzada, alegre, llena de felicidad. Un tiempo para dar gracias al Padre porque llevado de un amor infinito hacia el hombre, envía a su Hijo para que recobrásemos la dignidad de Hijos de Dios.
Señor: la inteligencia humana no llega a comprender que por amor, un Dios se despojara de su divinidad para tomar la carne humana. Pienso como el Centurión, que: “tan solo una sola palabra tuya bastaría para sanarme”. Tú Señor, acatas su voluntad y no solo “te haces semejante a los hombres, pasando por uno de tantos” sino que “tomas la forma de siervo” te haces visible y tangible, sientes el cansancio, el frío, el hambre, la sed y te sometiste incluso a la muerte. Por ser el Hijo de Dios no te concedes ningún privilegio. Naces en una cueva rodeado de pastores y animales, en circunstancias que los niños de tu época no las sufrieron. Pasaste de ser adorado por toda la Corte Celestial a ser un niño vulnerable, pequeño, necesitado de aprendizaje.
Aunque las Escrituras anunciaron tu venida, nadie en la tierra te recibió, los “tuyos no te recibieran”. Tuvieron que ser los ángeles quienes comunicaran tu llegada. “Os traigo una buena noticia: ¡Vuestro Salvador acaba de nacer en Belén! ¡Es el Mesías, el Señor! Lo reconoceréis porque está durmiendo en un pesebre, envuelto en pañales”
El mundo, Señor, no te acoge, por el contrario te ofrecerá el camino de la cruz y seguirá gritando “a este no, a Barrabas” Respondes olvidándote de su pecado y acordándote de los pecadores: “No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores al arrepentimiento"
"A la humanidad, que ya no tiene tiempo para Él, Dios le ofrece otro tiempo para volver a encontrar el sentido de la esperanza” Mi sociedad, la sociedad del siglo XXI tampoco te reconocemos como su Salvador. Vivimos en un mundo lleno de ruido que no sabe orar, que para encontrar la paz recurre a los medicamentos. Tu nacimiento lo celebramos con derroches presuntuosos, con mesas colmadas, mirando de reojo a los “lazaros” que venidos en pateras, esperan “las migajas que caen de la mesa”.
A pesar de que la Trinidad conocía la respuesta de la humanidad, su amor está por encima de la maldad del hombre: “Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que cree en él no se pierda, sino que tenga vida eterna” A cambio de tu entrega total nada extraordinario me pides: “Para acoger a Dios no importa la destreza, sino la humildad; hay que bajar del pedestal y sumergirse en el agua del arrepentimiento”
¡Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad! Danos Señor, esa tu paz, la paz que nace de estar en brazos de Dios, de acoger la realidad tal y como acontece, porque vemos en ella tu voluntad. Que imitemos a los pastores de Belén, velando en la noche, alzando los ojos al cielo y escuchando tu mensaje, postrados ante el Belén del sagrario. Que te recibamos con la ilusión de la Virgen María y ante los aconteceres que no entendamos, que respondamos como ella: “He aquí la esclava del Señor, hágase en mi según tu palabra”
-Alabado sea el Santísimo Sacramento del Altar
-Sea por siempre bendito y alabado
